Una auténtica revolución se podría vivir en la máxima categoría del motor de competición. De hacerse efectiva la medida que impone la utilización de un propulsor estándar por todas las escuderías, son muchas las marcas que abandonarían la Fórmula 1, incluida Ferrari, por considerar esta normativa como perjudicial para el espíritu de carreras que se viene dando desde los primeros Grand Prix de posguerra.
La norma tiene su origen en el interés de los directivos por reducir costes en este negocio. Son muchos los ceros que conforman cifras abultadas ante todo en los presupuestos de las firmas. Sin embargo, el propulsor estándar acabaría con la competitividad a la hora de innovar por parte de las casas automovilísticas y haría de la F1 en cierto modo un trofeo monomarca.
Personalmente, creo que la solución al problema sería la estandarización de costes. Si todas las marcas corriesen con el mismo presupuesto la igualdad sería mayor y a buen seguro que la lucha sería más reñida. Actualmente, las diferencias de presupuesto son enormes, aunque en algunos casos no se traduzcan en buenos resultados como es el caso de Toyota, que es el fabricante que más dinero gasta.
Habrá que esperar a las decisiones de los próximos meses, pero los aficionados podríamos dejar de ver encarnadas en la pista las glorias de los “cavallinos rampantes”, de “las flechas de plata” o de los vetustos Williams recreados en los actuales BMW-Sauber. El propietario de Ferrari, Luca Cordero di Montzemolo, ya se ha posicionado al respecto y amenaza con el abandono de su mítica firma de la competición.